Test de intolerancia alimentaria: cuáles funcionan y cuáles no
Cuando aparecen hinchazón, gases, diarrea, digestiones pesadas o reacciones después de comer, es normal pensar: “¿Será una intolerancia alimentaria?”
En los últimos años se han popularizado decenas de tests que prometen identificar qué alimentos “te sientan mal”, pero la realidad es que no todos tienen validez científica, ni todos sirven para detectar intolerancias reales.
En este artículo te explicamos, de forma clara y fiable, qué pruebas funcionan de verdad, cuáles no deberías hacerte, y cómo interpretar los resultados para recuperar el control de tu digestión.
Qué es realmente una intolerancia alimentaria
Una intolerancia alimentaria es la dificultad para digerir, metabolizar o absorber un componente de un alimento.
No implica un mecanismo inmunitario tipo alergia (IgE), pero sí puede generar síntomas intensos como:
Hinchazón y gases
Dolor abdominal
Diarrea o alternancia con estreñimiento
Náuseas
Fatiga después de las comidas
Cefaleas o niebla mental
Pesadez digestiva
El problema es que estos síntomas se parecen mucho a los del SIBO, la disbiosis o el síndrome de intestino irritable, por lo que un mal diagnóstico puede llevar a restricciones innecesarias.
Qué tests de intolerancias funcionan realmente (avalados por evidencia)
En medicina digestiva existen cuatro pruebas válidas y aceptadas por la comunidad científica. Son las utilizadas en hospitales y unidades de aparato digestivo.
1. Test de hidrógeno espirado (lactosa, fructosa y sorbitol)
Es la prueba más utilizada y validada en digestivo. Mide la cantidad de hidrógeno/metano que se exhala tras ingerir un azúcar concreto.
Sirve para diagnosticar:
Intolerancia a la lactosa
Malabsorción de fructosa
Malabsorción de sorbitol
Fiabilidad: Alta, si se hace con preparación adecuada y en un centro especializado.
Limitación importante: Una prueba positiva no siempre significa intolerancia real. Puede ser un signo de sobrecrecimiento bacteriano (SIBO).
Por eso interpretar el resultado con un especialista es esencial.
2. Test genético de intolerancia a la lactosa
Analiza variaciones en el gen LCT, que determinan la producción de lactasa en adultos.
Fiabilidad: Muy alta. Es útil para diferenciar intolerancia primaria (genética) de secundaria (por daño intestinal).
Limitación: Indica predisposición, no situación actual. Es posible tener el gen “normal” y tener síntomas por SIBO o inflamación intestinal.
3. Test de sensibilidad al gluten no celíaca (diagnóstico clínico)
No existe un test analítico para detectarla.
El diagnóstico se basa en:
Descartar celiaquía por serología y biopsia.
Descartar alergia al trigo.
Mejoría clara al retirar el gluten y empeoramiento al reintroducirlo.
Fiabilidad: Media, pero es el método aceptado.
Importante: Nunca elimines gluten antes de las pruebas de celiaquía.
4. Genética de FRUCTOSA: gen ALDOB (intolerancia hereditaria a la fructosa)
Este punto es clave y suele olvidarse.
La Intolerancia Hereditaria a la Fructosa (IHF) es una condición genética grave causada por mutaciones en el gen ALDOB, que afecta al metabolismo de la fructosa en el hígado.
Este test es un análisis genético que identifica mutaciones en ALDOB. Está indicado para:
Personas con síntomas fuertes inmediatos tras consumir fructosa o sorbitol
Niños con vómitos, hipoglucemias o rechazo marcado a frutas dulces
Adultos con sospecha clínica tras pruebas negativas de malabsorción
Casos familiares de IHF
Importante:
La intolerancia hereditaria no se diagnostica con test de hidrógeno espirado. Es una condición metabólica, no digestiva.
Tests de intolerancias que NO funcionan (y pueden confundirte)
1. Test de intolerancias por IgG (el famoso test “de 200 alimentos”)
2. Test biorresonancia
3. Test kinesiológico o del pulso
4. Test capilar o análisis de pelo
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